Cuaderno de notas


Nunca guardo lo que escribo…
febrero 27, 2011, 5:49 pm
Archivado en: Afirmación, Borrar, Escribir, Idealismo, Inspiración

Nunca guardo lo que escribo… Me ha pasado siempre, desde bien pequeña: escribo y borro. O escribo, leo, me da vergüenza y borro, más bien…

Hoy estoy dando forma al cuaderno de notas porque me siento creativa, porque me siento inspirada… porque por primera vez en algún tiempo -un tiempo bastante largo, para qué voy a mentir- me siento yo…

Todo tiene su explicación. He estado leyendo algunas cositas hoy, bastante interesantes… y he sentido una especie de envidia sana. Envidia de la gente que es capaz de escribir y no borrar; a pesar de las críticas constructivas de los sábados noche, a pesar de sentir dolor, furia, miedo y paralización… Admiro a esa gente que es capaz de desahogarse, de reflexionar, de tomarse un tiempo y escribir… Unos lo hacen simplemente para ellos mismos y otros lo publican, dejándose conocer y exponiéndose un poco más. Da igual. En cualquier caso, lo que me da envidia es esa capacidad de PARAR y PENSAR, algo de lo que en muchas ocasiones en mi vida he huido, aunque supiese a ciencia cierta que estaba cometiendo un error.

No sé si mi excesivo perfeccionismo, que tantas malas pasadas me ha jugado a veces, tiene algo que ver. No sé si serán mi afán planificador y mis pocas energías algunas veces para acometer los planes pensados. No sé si la combinación de albergar grandes expectativas en la vida y un miedo terrorífico a estar sola y a fallar tienen la culpa. El idealismo y el miedo a la libertad hacen un mal cocktail. En realidad no es que sea malo… es que te produce una resaca tremenda y permanente de la que es difícil librarse… El idealismo le hace a uno sentirse especial, aporta las fuerzas necesarias para seguir adelante, es motivador, es empuje… en definitiva, es motor. Sin embargo, el miedo causa dolor, nos impide disfrutar plenamente de la vida, nos hace sentirnos pequeños cuando no lo somos, desespera y SIEMPRE paraliza. Luchar entre estos dos sentimientos, y más aún siendo una persona súper sensible, es, cuanto menos, agotador. Sobre todo, si te prohíbes a ti mismo parar un momento y reflexionar.

Ahora me viene a la cabeza una conversación en la que me he visto involucrada en ciertas ocasiones, con diferentes personas, todas ellas muy válidas y en cierto modo frustradas. Hablamos de nuestra generación. De la desesperanza. Del momento que nos ha tocado vivir, que es uno muy contradictorio. Rodeados de gente a la que han educado bajo la premisa de recompensar los “éxitos” con regalos y materialidades varias -y pongo éxitos entre comillas, porque no se trata más que de cumplir con las responsabilidades inherentes a cada uno, sin más-, en el marco de una generación que no ha tenido que luchar por nada -porque ya lo teníamos todo- y en la que la palabra esfuerzo no tiene cabida -porque no se entiende- existen ciertas personas, muchas más de lo que cabría esperar, dadas las circunstancias, que tienen valores, pero que no saben ordenarlos en una escala. Somos una generación en general condenada a la frustración porque nos han educado para ser los mejores, pero no lo somos por el simple hecho de que no sabemos ordenar nuestros valores. Porque vamos tan rápido, que no tenemos tiempo de pensar en nosotros. Porque no paramos de quejarnos, pero no hacemos nada para buscar el remedio a nuestra situación. Y porque somos tan excepcionales, que damos, damos y damos y nos sorprende no recibir nada a cambio…

Hoy leía esto: “A veces, nos esforzamos tanto en querer a otras personas que nos olvidamos de querernos a nosotros mismos”. No sé si es de D o de G, POETAS URBANOS DE PRO, pero da lo mismo, me parece universal. También me viene a la cabeza últimamente la frase que M no paraba de repetir: “cuando te pierdes a ti mismo, ese es el principio del fin”. Al respecto solo tengo que decir que se trata de dos frases muy sabias. La una porque refleja el momento en el que uno no se ha encontrado a sí mismo, pero sigue buscando y dando la vida por recibir algo a cambio. El problema es que muchas veces ese momento no llega. Y entonces nos invade la desesperación de NO ENTENDER porqué, si lo hemos dado todo -incluso lo más íntimo de nosotros- las cosas no han salido como esperábamos. La otra porque está pronunciada desde una perspectiva más elevada, ya sea desde la sabiduría que aporta la experiencia o desde la ignorancia un tanto naïve de no haber sufrido nunca, por no haber vivido. Entre ambas frases hay un camino muy largo, que no deja de ser la vida y la lucha por encontrarse a uno mismo. Una vez, J le dijo a una persona algo de lo que yo me apropié: “No luches, deja que fluya”. Yo no lo entendía. No era el momento de entenderlo. Pero fue una SEMILLA extraída de la gran sabiduría oriental, de una cultura y una sociedad milenaria que han dado frutos tan valiosos y aplicables a cualquier tipo de tiempo y momento como es “El Arte de la Guerra” de Sun Tzu. Es difícil en estos tiempos que corren entender que para conseguir afrontar un problema con éxito, lo mejor que puede hacer uno es NO LUCHAR. Como dice el estratega más famoso de la historia de la humanidad: “Un centenar de victorias conseguidas en un centenar de batallas no constituye gran habilidad. Someter al ejército enemigo sin necesidad de pelear, esa es la mayor habilidad”.

No es tarea fácil. Nadie dijo que lo fuera. Pero, en mi opinión, algunos de los que pertenecemos a esa generación de “condenados a la frustración” lo conseguimos. Nos encontramos. Y ese momento es tan gratificante que hay que saborearlo al máximo porque es uno de los instantes más preciados que una persona puede vivir en la totalidad de su existencia. Y además, considero que se trata de una experiencia que hemos de vivir solos. Únicamente puede vivirse desde lo más profundo e íntimo de uno mismo.

Una historia con dos finales…

Porque la vida me ha enseñado que se puede ser ambi, e incluso, polivalente. Tú puedes leer los dos, pero el primero va por ti. Los demás, pueden hacer lo que quieran, no voy a ser yo quien coarte a nadie…

Primer final: Ayer me decías que te gustaba ver que mis ojos brillaban. Me preguntabas si era feliz. Yo te contesté que sí y que en gran parte era por ti. El sueño se apoderaba de mí y no te di más explicaciones. Fuiste la primera persona que, sin conocerme apenas, me dijiste una verdad muy grande: “piensa en ti”. Era una verdad que, como imaginarás y como has podido leer, yo ya sabía. Pero, viniendo de ti, tuvo un impacto más significativo. No sé porqué. Supongo que hay gente que transmite más que otra. Bueno, sí que lo sé. Es porque me hablabas con sinceridad, y eso se nota, se siente y llega dentro… Suscribo lo que me dijiste en aquel mensaje tardío, lo de que “cuando casi había perdido la fe en la raza humana, aparece algo o alguien que hace que todo cambie”. Es sólo un click, pero tiene el efecto catalizador de desencadenar una serie de hechos que, simplemente, tenían que pasar. Me gusta compartir este momento contigo, me encanta que “estés” y sobre todo que, en parte, tú tengas la culpa de todo esto…

Segundo final: Hará como cosa de un mes, viendo uno de los últimos capítulos de la cuarta temporada de Mad Men, me llamaron especialmente la atención dos prácticas que ese fantástico personaje nacido de la propia esencia del capitalismo más puro, el hijo predilecto de la gran manzana, Don Draper, había adoptado: a pesar del infierno que estaba viviendo, o más bien debido a él, Draper estaba nadando y escribiendo. Curioso. Es lo mismo que voy a hacer yo.




Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.